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    La inutilidad de aumentar las penas de cárcel y su uso político

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    Es habitual que, ante cuestiones de violencia criminal, muchas personas clamen por el aumento de las penas. También lo es que gobernantes y legisladores, siempre en busca del rédito político, cedan a estos reclamos aún sabiendo que está comprobado científicamente que el endurecimiento de las penas no disminuye la criminalidad. Un ex-magistrado, que prefiere permanecer anónimo, nos explica las causas de este fenómeno.

    1) Ilusión de seguridad: si aumentan las penas da la sensación de que el Estado reacciona al crimen. Si las penas son más altas entonces estoy más seguro porque el criminal se lo pensará dos veces.


    2) Cultura del miedo: los medios de comunicación y las redes sociales amplifican machaconamente unos pocos crímenes y aumentan la magnitud de los mismos. La sensación es de que todo está mucho peor y, por tanto, se genera miedo. Y el miedo se mitiga con más amenaza de castigo.


    3) Función solidaria del castigo: al castigar al delincuente evitamos que se genere una sensación de “dolor” no resuelto para la víctima. Si aumentamos el castigo, expresamos colectivamente que estamos con las víctimas. El castigo tiene una función emocional.


    4) Transferencia de frustración: el castigo es la válvula de escape de los fracasados. El castigo sustituye simbólicamente a la justicia social. Esto se ve en la corrupción: “ya que el corrupto ha robado y yo soy un miserable que no tengo donde caerme muerto, al menos que sufra”.


    5) El retribucionismo cultural: quien daña debe ser dañado. Por tanto, si castigamos más al reo entonces somos más justos. Esto es una tradición cultural de Kant y Hegel que arrastramos hasta hoy.


    6) Aumentar el castigo siempre es un acierto político. Casi cualquier persona se verá reflejado en uno de los supuestos anteriores. Por tanto, el político que defiende el aumento de las penas, salvo supuestos extraordinarios, siempre va a acertar.


    7) Aumentar el castigo también es una de las políticas simbólicas más baratas: no tiene coste económico alguno hacer una propuesta de endurecimiento, a diferencia de la prevención que exige tiempo y dinero, el endurecimiento es gratis.


    En definitiva, en una democracia emocional y simbólica -como la nuestra- ningún partido político puede asumir el coste electoral de rebajar las penas y menos aún proponer despenalizar algunos delitos.

    El efecto bola de nieve de las reformas al código penal hasta la locura que es el siglo XXI ha producido una inflación punitiva que raya con el delirio sin que haya logrado disminuir la criminalidad en lo más mínimo.

    En definitiva, la gente está satisfecha con las propuestas punitivistas porque el castigo tranquiliza frente al miedo, satisface emocionalmente, es políticamente rentable y está totalmente arraigado en nuestra tradición cultural.

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    Opiniones (1)

    18 de febrero de 2026

    La promesa barata que siempre gana

    En general (4 de 5)
    Puntua este artículo (4 de 5)
    El texto pone foco donde suele doler: el aumento de penas funciona más como gesto emocional y herramienta electoral que como política eficaz contra el delito. La estructura es muy clara y pedagógica. Ayuda a entender por qué el "más cárcel" se instala incluso cuando la evidencia empuja hacia más prevención y recursos.Sería magnífica la opinión de algún ex-magistrado (aunque fuese "anónimo").En cualquier caso, como pieza de argumento público, es sólida y muy útil.

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