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    La Única Persona que vio a Hitler Desnudo

    Fecha:

    Ilustrador: Abali

    Detrás de algunos monstruos hay un ayudante imprescindible. En el Tercer Reich, ese papel lo ocupó Theodor Morell, el médico personal de Hitler: una figura menos conocida, pero clave para entender rutinas, dependencias y el reverso íntimo del poder.
    Un retrato histórico sin morbo: el adlátere clínico y lo que su presencia revela sobre el sistema que sostenía al Führer.

    Drácula tenía como sirviente a un tal Renfield, un hombre contrahecho que (seguramente) secuestró de un hospital neuropsiquiátrico. Se alimentaba de moscas e insectos y era el guardián del féretro donde pasaba encerrado el Conde sus días soleados. Lo había elegido así de repulsivo para no verse tentado a morderlo y perder así a su imprescindible asistente.

    Todos los grandes malvados tienen su Renfield. Stalin tenía al brutal Lavrenti Beria, Ferdinand Marcos contaba con su esposa Imelda para desplegar su sadismo, el gran embaucador, místico y charlatán que se hacía llamar el Conde Cagliostro, pero provenía de una familia pobre de Sicilia, también era asistido por Serafina, su esposa para las sesiones espiritistas y la venta de elixires para la juventud y contra la caída del cabello; nuestro contemporáneo el inefable Donald Trump tiene a varios, entre ellos destaca Gregory Bovino, el jefe de los matones de la ICE que viste un uniforme que remeda los que Hugo Boss diseñó para las SS. 

    Hitler no era lo que se dice una persona saludable ni mental ni físicamente. En los años 30 sufría de dos males que le hacían la vida insoportable. Unas eccemas persistentes que no le permitían calzar botas y una pertinaz flatulencia que le hacía soltar sonoros y pestilentes pedos en los momentos menos oportunos.

    Su amigo, el fotógrafo Heinrich Hoffman, proveedor habitual de pornografía, le dijo tener a la persona indicada para tratar esos males: el especialista en enfermedades venéreas Theodor Morell. Un hombre obeso, maloliente, que hablaba con la boca llena y escupía al hablar. Era de una fealdad legendaria y sus anteojos culo de botella hacían resaltar sus acuosos ojos de batracio.

    Sin embargo todas estas características fueron obviadas por el Führer toda vez que las píldoras recetadas por el facultativo curaron ambos males. En agradecimiento por haberle restituido la posibilidad de usar botas de caña alta que reforzaban su autoridad y de que sus esfínteres quedaran a cubierto de escapes indeseados, Hitler lo nombró «Eminencia Científica del Tercer Reich». El cargo lo habilitaba como protegido del canciller y le otorgaba un lugar en la corte de su amo.

    Un charlatán elevado a Eminencia Científica
    Un charlatán elevado a Eminencia Científica

    Se cree que la patológica hipocondría de Hitler a quien lo acosaban todo tipo de dolencias psicosomáticas proviene de una infancia turbulenta. Tuvo una relación muy extraña con su madre. Durmió hasta la adolescencia con ella y sufrió un trauma severo cuando fue testigo de la violación de su madre por parte de Alois, su padre.

    Estos y otros shocks sufridos a tierna edad fueron determinantes de sus parafilias de adulto: coprofilia, urofilia y sadomasoquismo entre otros, además de haber mantenido relaciones homosexuales con al menos siete varones.

    Estas conductas fueron difundidas por la célebre actriz Renate Muller, lo que le valió un viaje de la cuarta planta donde vivía hasta los adoquines de la calle Viscardigasse, gentileza de la Gestapo. Seis de las siete mujeres que se relacionaron con Hitler se suicidaron. O fueron suicidadas.

    Renate Muller

    Mientras tanto Theodor Morell, convertido en favorito de la corte y para mantener esa condición a salvo del resto de los cortesanos que no lo miraban con buenos ojos sea por celos o sospechas, recetaba al Führer toda clase de medicamentos para sus padecimientos físicos o imaginarios. Le administraba hasta 70 remedios: metanfetaminas, cocaína tópica, testosterona, glucosa, estradiol, corticosteroides, píldoras para dormir y unos comprimidos de carbón activado para manener a raya la pedorrea. Los jerarcas nazis estaban cada vez más recelosos pero no se atrevían a hacer nada en contra del privilegiado del Reich.

    Pero, como buen charlatán, la eminencia científica se atribuía mayores méritos de los que tenía. Aquellas píldoras de carbón, que decía preparar él mismo, en realidad provenían del laboratorio suizo Theraplanta.

    Los servicios de inteligencia ingleses detectaron a Morell como favorito y comenzaron a seguir sus pasos. Así se enteraron de las compras del específico y no tardaron en deducir que se las administraba a Hitler.

    Compraron el laboratorio y añadieron en los envíos a Morell arsénico en pequeñas cantidades para que el sabor no lo delate, esperando que la acumulación del veneno en el organismo del supremo enemigo acabara con él.

    La piel de Hitler comenzó a adquirir la tonalidad plomiza característica del envenenamiento con arsénico. Para abril de 1945, Hitler tomaba 28 píldoras diarias, junto con varias inyecciones (incluyendo muchas de glucosa).

    El doctor Karl Brandt, otro médico de la corte, sospechó que el buen doctor Morell estaba envenenado al Líder y se las ingenió para escamotearle algunas de esas pastillas y mandarlas a analizar. La conclusión fue rotunda: el tóxico estaba presente en todas ellas. Le llevó el informe a Hitler y desenmascaró al charlatán. Hitler palideció, se hizo un enorme silencio, todas las miradas se dirigieron a Theodor Morell, que no puedo articular palabra hasta que el Führer emitió su terrible sentencia: ¡Está despedido, ya no necesito ayuda médica!

    Cabe preguntarse qué pasaría por la cabeza del doctor mientras salía del Nido del Águila, el refugio de Hitler en los Alpes Bávaros. Hubo de recorrer seiscientos metros hasta los ascensores y bajar otros trescientos hasta el estacionamiento. Seguramente creería oír los pasos de un oficial de las SS siguiéndolo para ejecutarlo con un tiro de Luger en la nuca. Pero no. Salió tranquilamente sin que nadie lo moleste y se perdió en la noche.

    Eso sucedió el 22 de abril de 1945. Ocho días después, en medio de un brutal síndrome de abstinencia, Hitler envenenó a su perra Blondie y a Eva Braun, con quien se había casado unas horas antes, mordió un cápsula de cianuro y se dio un tiro en la boca. El 2 de mayo siguiente, el Ejército Rojo tomaba Berlín

    Morell escapó de Berlín en uno de los últimos vuelos fuera de la ciudad, pero pronto fue capturado por soldados estadounidenses. Uno de los investigadores dijo que la completa falta de higiene de Morell hacía insoportable su presencia. Fue retenido en un campo de internos norteamericano (el reciclado campo de concentración de Buchenwald) donde fue interrogado en relación a su proximidad con Hitler, pero no fue acusado de crimen alguno. Mudo y agobiado por el sobrepeso murió el 26 de mayo de 1948 luego de sufrir un ictus.

    Este artículo forma parte de True Crime. Si quieres volver a un caso moderno contado con método, entra en Jeffrey Dahmer, el Descuartizador de Milwaukee. Y si acabas de llegar, empieza por Bienvenido a Negrosfera.

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