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    ELIOTT NESS: el mito del agente incorruptible.

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    El cine y la televisión han creado un Eliott Ness impecable. Osvaldo Aguirre nos cuenta la verdadera personalidad del agente del FBI, ni tan impoluto, ni tan justo.

    El martes 15 de octubre de 1959, a las 9.30 PM, la cadena de televisión ABC trasmitió en Estados Unidos el primer capítulo de Los Intocables. La serie se presentaba con el respaldo de un presunto registro histórico: la autobiografía de un agente de la Oficina de Prohibición en los agitados días de la ley Seca. Ese agente era Eliot Ness, quien como jefe de un grupo de agentes especiales había desempeñado un importante papel en el proceso y encarcelamiento de Al Capone, Scarface, en octubre de 1931.

    Después del juicio a Capone, con la disolución del equipo, Ness había realizado una carrera meritoria y premiada pero desconocida para el gran público. A su retiro en 1957, escribió sus memorias, con la colaboración de Oscar Fraley (ed. castellana: Los Intocables, Planeta, 1989), para dar testimonio de la gesta cumplida en las calles de Chicago. Obtendría por fin el reconocimiento que esperaba; pero falleció ese mismo año, antes de que el libro llegara a imprenta y ajeno a la popularidad luego deparada por la televisión. La noticia de su muerte ocupó un par de líneas en los periódicos.

    La autobiografía de Ness, que concluye con el arresto de Capone, había sido ya adaptada en un documental dramatizado, emitido en abril en 1959 y cuyo éxito impulsó el rodaje de la serie. Los productores se propusieron entonces continuar la historia, por lo que los primeros capítulos se abocaron a la lucha entre Jake “Pulgar Grasiento” Guzik y Frank “El Verdugo” Nitti por el control de la poderosa banda de Scarface. Luego Ness debió enfrentar a otros gangsters como Bugs Moran, Ma Barker, “Perro Loco” Coll, Dutch Schultz y Walter Legenza. Algo que nunca ocurrió. Pero la serie no tenía por qué atenerse a hechos reales. Ese requisito se planteaba, en cambio, para Ness. La epopeya que cuentan sus memorias no consta en los libros de historia y ha sido impugnada por investigadores, sin que por eso la leyenda pierda vigencia. Se trata de un testimonio deformado por un enfermizo e inescrupuloso afán de notoriedad.

    Nacido en 1903 de padre noruego y madre inglesa, Ness estudió Filosofía en la Universidad de Chicago. Se inició como investigador en una financiera y en 1927 pasó a la Oficina de Prohibición, encargada de velar por “el texto legal más aberrante de la historia de Estados Unidos” (la ley que prohibía la importación, comercialización y venta de alcohol). Ansioso por escalar posiciones hizo que su cuñado, el agente del FBI Alexander Jamie, lo recomendara a William Froelich, adjunto del procurador George E. Q. Johnson.

    Froelich concibió el plan para atacar el próspero comercio de las bandas mafiosas de Chicago: había que reunir pruebas para un proceso por evasión de impuestos y a la vez crear un equipo de policías federales seleccionados por su honestidad y eficiencia, encargado de localizar y desmontar las destilerías clandestinas de alcohol. La primera tarea, encomendada a agentes del Tesoro, fue coordinada por Frank Wilson; la segunda estuvo a cargo de Ness, cuyo grupo entró en acción en septiembre de 1929. En mayo de ese año, y para protegerse de una vendetta de la banda de Bugs Moran, diezmada por la masacre de San Valentín (14 de febrero de 1929), Capone se hizo apresar por la policía de Filadelfia; en marzo de 1930 recuperó la libertad y volvió a Chicago.

    En sus memorias, Ness no menciona a Froelich, presenta como propia la idea de crear el cuerpo especial y asegura haberse encargado de la selección de los nueve hombres que constituyeron el equipo. El olvido es comprensible. En caso de haber admitido la participación de Froelich, hubiera tenido que confesar también que no fue el jefe de los Intocables sino el enlace entre ese grupo, los hombres del Tesoro y Froelich, o que los logros más relevantes del grupo, como la intervención de los teléfonos del Wabash Hotel, cuartel de “Pulgar Grasiento” Guzik, no le pertenecieron.

    A estar de las memorias, la independencia de Los Intocables fue absoluta: solamente debían informar al procurador Johnson. El grupo es presentado como el único oponente de la mafia de Chicago: el resto de la policía estaba corrompida o era incompetente. Sin embargo, el esclarecimiento del homicidio del periodista Jack Lingle, la acción policial más importante del momento, le correspondió a dos anónimos investigadores y sobre todo a un arrepentido, John Hagan. El hecho, ocurrido en diciembre de 1930, no merece una sola línea en el relato de Ness.

    Los Intocables causaron cierto perjuicio económico al negocio del alcohol clandestino. Pero las febriles maquinaciones de Ness impiden apreciar la real importancia de tales actividades. La cerveza escasea y aumenta de precio, dice, por sus redadas. A tal punto que poco antes de la caída de Capone “la cerveza apenas existía en Chicago”. El homicidio de Lingle, confidente del gangster, responde a que la mafia, arruinada por Ness, no podía ya pagarle su diezmo… Por fin, y gracias exclusivamente a Ness, Scarface es juzgado y enviado a prisión.

    En realidad, Ness no aportó una sola prueba para el juicio de Scarface. No pudo establecer conexión alguna entre las destilerías que allanaba y el gangster. Tampoco hay constancia de que siquiera uno de sus muchos detenidos haya permanecido largo tiempo en prisión. Sus procedimientos, lejos de ser “golpes mortales a la situación financiera de la Mafia”, como pretendía, no frenaron el comercio ilegal de alcohol. Lo que sí cabe reconocer es un sentido muy aguzado de la publicidad y del manejo promocional de las situaciones.

    El apodo de Los Intocables fue impuesto por la prensa luego de que Ness anunciara a los cuatro vientos que había rechazado un soborno de los segundos de Capone. Los periodistas solían presenciar los procedimientos, a invitación del propio Ness, quien incluso (según el historiador Humbert S. Nelli) llegaba a disparar al aire para poner sal al asunto y ganar centímetros en los diarios. Pero no pudieron saber que tres Intocables, George Steelman, Jim Taylor y Arnold Grant, fueron sobornados y actuaron como informantes e incluso asesinos de la mafia -otro olvido de las memorias.

    Otro hecho dudoso es el homicidio de Frank Basile, chofer de Los Intocables. No queda claro si el crimen apuntó a golpear a la policía o a castigar una traición (Basile, ex estafador, único italiano ligado al grupo, había medrado en el ambiente de la mafia). Ness jura vengarlo, pero es un policía común quien detiene al asesino. La liberación de Capone da pie a otras fanfarronadas: “una de las primeras órdenes para el hampa, cuando él volviera (de Filadelfia), sería la de liquidar a la brigada de Ness”. Sin embargo, las represalias parecen tomaduras de pelo -roban una y otra vez los autos de Los Intocables, registran sus oficinas durante la noche- o revelan sus deficiencias -les intervienen los teléfonos.

    Los peligros corridos por Frank Wilson, en cambio, están documentados en varias fuentes; a fines de 1930 fue advertido por un agente infiltrado en el hampa de la llegada de cinco killers neoyorquinos con un contrato por su cabeza. El equipo de Wilson cumplió un trabajo silencioso y tenaz: siguió uno por uno todos los gastos de Capone para descubrir sus entradas y así denunciarlo por evasión fiscal; controló los registros de los negocios donde Capone había hecho compras, revisó las cuentas de los hoteles y los proveedores y los prostíbulos, e infiltró agentes entre las prostitutas, los matones, los croupiers y los vendedores de alcohol.

    Así Capone pudo ser acusado en la primavera de 1931 por no haber declarado rentas y por evasión fiscal entre 1925 y 1929 (Ness agrega el cargo de violación a la ley seca, lo cual es falso). La caída del gangster fue posible también porque muchos de sus subordinados lo abandonaron en el momento crucial, considerándolo acabado, porque hubo delatores que suministraron datos valiosos y porque el juez Wilkerson, a cargo del proceso, estaba resuelto (aún a costa de cometer irregularidades, como ocurrió) a terminar con el mito de Scarface. Ness y sus famosos Intocables tuvieron poco y nada que ver.

    La serie Los Intocables deparó numerosas críticas -y alto rating- para la cadena ABC. Fue tal vez el programa más violento visto en televisión hasta ese momento. El FBI, la comunidad italiana, los herederos de Capone y el servicio penitenciario cuestionaron el tratamiento de los hechos, pero el productor Quinn Martin defendió el carácter “histórico” de las fuentes. El semanal baño de sangre, a un promedio de dos o tres tiroteos por episodio, ganó una legión de seguidores. La emisión original cubrió cuatro temporadas, entre 1959 y 1963, con un pico de audiencia en 1960-1961, cuando estuvo entre los diez programas más vistos en Estados Unidos.

    Robert Stack compuso un Ness duro, honesto y virtuoso, simétricamente opuesto a los villanos, entre los que sobresalieron Bruce Gordon (como Frank Nitti), Neville Brand (Al Capone) y Nehemiah Persoff (Guzik). En sus últimos capítulos, en el marco de una “humanización” de Ness y de una mayor “motivación” de las muertes, se agregó Barbara Stanwyck (agente de la Oficina de Personas Desaparecidas). La periódica reposición de la serie y su llegada a nuevos públicos reafirmó su éxito, y la fuerza con que impuso el mito de los policías incorruptibles.

    La mediocre película de Brian De Palma (Los Intocables, 1987) destacó todavía más la figura de Ness, al tiempo que redujo el número de Intocables a tres. Un film mucho menos conocido, Capone entre rejas (Michael Pressman, 1989), ofreció como único interés una visión cáustica de Ness, y al exponer un agente sin escrúpulos que convertía a los procedimientos policiales en shows para la prensa se acercó a la verdad histórica.

    Los Intocables de de Palma
    Imagen de la película «Los Intocables» de De Palma

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