Ignorada durante mucho tiempo, la criminalidad femenina es mucho más que el racconto de mujeres que delinquen, es un prisma mediante el cual se aprecia las distorsiones que produce una sociedad demasiado apegada a sus arquetipos.
Durante siglos, la criminalidad femenina fue considerada una anomalía. No porque no existiera, sino porque no encajaba en el relato dominante sobre la violencia y el poder. Mientras el crimen masculino se interpretaba como expresión de agresividad natural o desviación social, el delito cometido por mujeres era leído como monstruosidad, locura o perversión moral. La historia de la criminalidad femenina no es solo la historia de mujeres que delinquen. Es también la historia de como la sociedad ha interpretado, explicado y a menudo distorsionado su violencia.
De la bruja a la envenenadora: el mito como explicación
En la Edad Media y la Edad Moderna, la violencia femenina fue frecuentemente asociada a la brujería, la manipulación o el veneno. No era concebida como fuerza física directa, sino como acción indirecta, oculta y traicionera. La mujer que mataba no era criminal: era hechicera, envenenadora o una criatura demonizada.
Este encuadre no era casual. Como explica Lombroso en La donna delinquente (1893), la criminología positivista del siglo XIX interpretó la delincuencia femenina como una desviación biológica excepcional. Para Lombroso y Ferrero, la mujer criminal era doblemente anómala: por delinquir y por desviarse de su rol maternal. Su violencia era explicada como degeneración o masculinización. El problema de estas primeras aproximaciones no era solo su sesgo biológico, sino su incapacidad para contextualizar puesto que la mujer no era considerada como sujeto social.
Siglo XIX y primera modernidad: invisibilidad estadística y moral
Durante el siglo XIX, las estadísticas penales mostraban una clara sobrerrepresentación masculina en delitos violentos. Esta diferencia llevó a consolidar la idea de que la violencia era esencialmente masculina. Sin embargo, investigaciones posteriores demostraron que gran parte de la criminalidad femenina quedaba invisibilizada por razones estructurales: menor acceso al espacio público, menor capacidad económica y fuerte control social doméstico1 Las mujeres delinquían, pero en ámbitos restringidos: infanticidio, aborto clandestino, hurtos domésticos o envenenamientos. Eran delitos vinculados a su posición social no a una supuesta naturaleza pacífica. La violencia femenina estaba condicionada por el espacio que se les permitía ocupar.
Segunda mitad del siglo XX: ruptura del paradigma pasivo
La década de 1970 supuso un punto de inflexión. Con la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral y a la vida pública, comenzaron a aumentar determinados tipos de criminalidad femenina, especialmente delitos económicos y contra la propiedad.
Rita Simon y Freda Adler plantearon que la emancipación social conllevaba también igualdad en la desviación. Esta hipótesis fue discutida posteriormente, pero abrió un debate fundamental: la criminalidad femenina no es estática. Evoluciona con el contexto social.
Sin embargo, el incremento fue relativo y nunca alcanzó niveles comparables a la violencia masculina en delitos graves. Lo que sí cambió fue la mirada criminológica.
La mujer dejó de ser anomalía pasando a ser objeto legítimo de estudio.
El siglo XXI: complejidad, tipologías y ruptura de estereotipos
La criminología contemporánea ha abandonado el reduccionismo biológico y ha adoptado enfoques multifactoriales. Hoy sabemos que la criminalidad femenina no responde a un único patrón. Existen tipologías diferenciadas:
- Violencia reactiva en contextos de victimización.
- Delincuencia económica instrumental.
- Participación en el crimen organizado.
- Asesinato por lucro.
- Violencia grupal adolescente.
Estudios sobre mujeres asesinas en serie, como los de Vronsky (2004) muestran que muchas presentan motivaciones instrumentales similares a las masculinas: lucro, poder o eliminación de obstáculos. No todas responden a trauma previo ni a reacción defensiva.
Uno de los avances más relevantes ha sido la incorporación del análisis del género como construcción social. Las mujeres no delinquen “como hombres” ni “como mujeres”. Delinquen en contextos estructurales que moldean oportunidades, roles y expectativas (Chesney-Lind & Pasco, 2013). Por lo tanto, el género no es una explicación biológica es una variable social.
Violencia femenina juvenil: un nuevo foco de atención
Uno de los ámbitos que más ha llamado la atención en las últimas décadas es la violencia femenina juvenil. Casos de agresiones grupales, bullying extremo o incluso homicidios cometidos por adolescentes han cuestionado el estereotipo de que la violencia femenina es siempre relacional y no física. La adolescencia es una etapa e vulnerabilidad identitaria y alta sensibilidad a la presión grupal (Steinberg, 2008). Cuando confluyen dependencia emocional, liderazgo antisocial y deshumanización, la violencia puede escalar independientemente del sexo. No se trata de masculinización de la violencia. Se trata de comprender que la agresividad no es patrimonio exclusivo del género masculino.
¿Ha aumentado realmente la criminalidad femenina?
Las estadísticas internacionales muestran que las mujeres siguen representando un porcentaje significativamente menor en delitos violentos graves. Sin embargo, sí se ha producido una mayor visibilidad, mayor registro y una mayor investigación. Parte del aumento responde a:
- Cambios legislativos.
- Mejor detección.
- Mayor denuncia.
- Transformaciones sociales.
Es evidente que la evolución de la criminalidad femenina no es lineal, es contextual.
Conclusión: del mito al análisis estructural
La evolución de la criminalidad femenina no es la historia de un crecimiento exponencial de violencia, sino la historia de una transformación en la mirada criminológica.
Hemos pasado de explicar el delito femenino como anomalía biológica o perversión moral a entenderlo como fenómeno social complejo. Hoy sabemos que la violencia femenina puede ser reactiva o instrumental; no siempre deriva de una victimización previa; puede ser planificada, organizada y sostenida; está condicionada por estructura social, oportunidades y dinámicas relacionales.La pregunta ya no es por qué delinque una mujer.
La pregunta es en qué contexto, bajo qué condiciones y mediante qué procesos se activa la conducta criminal. En la actualidad la criminalidad femenina no desafía a la criminología, sino que la obliga a evolucionar.
Bibliografía
Adler, F. (1975). Sisters in crime: The rise of the new female criminal. McGraw-Hill.
Chesney-Lind, M., & Pasko, L. (2013). The female offender: Girls, women, and crime (3rd ed.). Sage.
Lombroso, C., & Ferrero, G. (1893). La donna delinquente. Bocca.
Simon, R. J. (1975). Women and crime. Lexington Books.
Steinberg, L. (2008). A social neuroscience perspective on adolescent risk-taking. Developmental Review, 28(1), 78–106.
Vronsky, P. (2004). Female serial killers. Penguin.
1 Adler, 1975.



