Una narración True Crime con el aroma de las guayabas, entre tiros y camionetas, que preanuncia la aparición de Pablo Escobar en la escena de la coca. Ilustración por Martín Doria, el autor.
Alojábamos ya el calor del infierno. Y el puente trajo los demonios.
Empezó a ocurrir a principios de los años 70 –todo ese pandemonio de la marimba−, al tiempo que yo daba primitivos berridos de mal presagio y asustaba a mi madre extranjera recién parida, todavía agobiada por el sol inclemente de Barranquilla, incómoda en las costumbres de los habitantes del Caribe colombiano. Hasta entonces nos cubría cierta inocencia. Los alisios del nordeste nos pintaban la piel de arena y sal marina, nos vestía el disfraz tropical de los sueños absurdos del carnaval, nos acunaba en la siesta el pregón callejero y dulce las negras palenqueras. Nuestra música de fondo era la salsa y los ritmos africanos del picó. Vivíamos libres y olvidados, huérfanos del centralismo andino.
Cuando la modernidad mandó al desguace los ferris que transbordaban durante horas a gente y vehículos hacia una y otra orilla del Río Grande de la Magdalena y construyó el gran Puente, permitiendo por fin la unidad cultural y comercial de toda la franja de costa, arribó en tropel a nuestra ciudad un carrusel de novedades. Quisimos recibir a los inefables personajes de los pueblos macondianos, a la sabiduría onírica y ancestral de la piache wayuu y escuchar de propia voz las leyendas del caimán cienaguero. Pero llegó otra gente. Los escuchamos primero −la nueva música−y conocimos luego los nombres –el de los juglares del vallenato−, que cantaban lamentos de amores intensos y traiciones y venganzas. Los forasteros llegaron desde la Sierra Nevada y desde el desierto en portentosas camionetas Ranger y Broncos, y arrastraban a su llegada ruidosa el polvo contaminado de la rabia. Eran una comunidad que llevaba décadas de olvido, amerindios que se morían de tuberculosis y sífilis desde las épocas de la conquista, ganaderos de las dunas que no recibían los subsidios que la Caja Agraria destinaba a los blancos, como si las tormentas de arena o los médanos los ocultaran de la vista del gobierno central. Hasta entonces sobrevivieron gracias al contrabando de cigarrillos, gasolina y electrónica. Ahora se habían enriquecido del día a la mañana cuando los gringos que arribaban a esos lugares perdidos en misión humanitaria descubrieron la maravilla de la marihuana local –la Punto Rojo− y empezaron a llegar una y otra vez en avionetas que aterrizaban para llevarse cargamentos de la hierba a cambio de muchos dólares.
A los forasteros se los llamó genéricamente “los Guajiros”. El poder de su dinero lo permitió todo: construirse mansiones o comprárselas a la fuerza (a punta de pistola) a sus dueños por el doble o triple de su valor, también comprar negocios, clubes sociales y colegios para asegurarse la educación de sus hijos. Llenaron la ciudad de camionetas ruidosas y tricimotos rojas, carros japoneses de última, y llenaron las noches tranquilas de Barranquilla con el bochinche de parrandas infinitas regadas de ron, whisky y aguardiente del bueno. Los varones tenían el uniforme de gafas Rayban, camisa abierta, gruesas cadenas, esclavas y dientes de oro. Practicaban la poligamia según su tradición. Las matronas conservaban sus mantones indios y dominaban la casa, como si todavía esperaran al marido llegar sin prisa del arreo de chivos en el desierto.
Y trajeron además lo peor: su propia guerra. Los guajiros llegaban en clanes, cuyas líneas de sangre se imbricaban en algún punto, pero también los diferenciaban a la hora de resolver rencillas particulares relacionadas a los negocios o a pasiones amorosas, algunas de muchos años atrás. Se regían todos por la Ley del Talión. Así, convirtieron a Barranquilla y Santa Marta, otra capital caribeña, en su campo de batalla. Comenzaron a ser recurrentes las balaceras a luz del día, los atentados con explosivos, la aparición de cadáveres en las vías que entraban y salían de la ciudad. Surgió la figura del cobrador, muchachos que imponían su ley a punta de pistola y ejecutaban la venganza para los diferentes clanes.
Mi infancia transcurrió al arrullo inquietante de esas historias negras de foráneos pistoleros que sembraban terror en las calles y a los que convenía no cruzarse. Que se mudaran a tu barrio o a tu cuadra imponía el temor y la prevención de aventurarse cerca de su casa, de hablarles o de mirarlos siquiera, salvo el caso de un saludo respetuoso a distancia, con la mano levantada y un asentimiento tímido de cabeza. Nuestro lugar dejó de ser nuestro. Cuando los hijos de esa gente empezó a matricularse en nuestros colegios, los niños fuimos instruidos de no juntarnos con ellos, menos de provocarlos o irritarlos con algún apodo. No se trataba de consejos desmedidos: de verdad los retoños reproducían en los caros liceos de la clase media y la clase alta la petulancia bruta de sus progenitores; fueron los matones del recreo, los que iniciaban las reyertas de zancadillas y trompadas, los que amenazaban con armas que habían extraído del arsenal de sus padres y ocultaban dentro de sus morales.
De todos esos demonios surgieron historias urbanas que caminaban hacia el mito. De todas, la más prematura y la más persistente fue la del legendario pistolero y psicópata Agustín “Tim” Sánchez, el molde malévolo sobre el que construyó la imagen del resto.
El Tim nació en Riohacha, la ciudad en el desierto, la que alguna vez arrasó el pirata Drake, la que sobrevivió a un tsunami histórico y a siete incendios masivos. Pasada la mitad del siglo pasado, el Tim se crió testigo de la desolación a su alrededor y su mente encontró escape en las novelitas pulp de Silver Kane, Lou Cardigan y Marcial Lafuente, ricas en historias y personajes del Salvaje Oeste. Lo hipnotizaban los westerns que proyectaba el teatro Aurora a cielo abierto y lo interpelaba la figura de Tim Holt (de quién habría de heredar el apodo), el famoso actor de películas del Wild West de las décadas del 30 y 40. Cuando consiguió su primer revólver, empezó a practicar como un poseso frente al espejo de su cuarto, practicando la rapidez del desenfunde y girando la máquina en sus dedos como los hábiles pistoleros de las películas. Pronto, sus compañeros de colegio y vecinos reconocieron en él una personalidad peligrosa, fuera de la norma, obsesionada por la pólvora y sus fáciles sentencias.
Integró una banda de sicarios cobradores y su prematura fama de buen gatillero lo llevó a trabajar para los clanes de traficantes guajiros. Llegó a Barranquilla en el año 76, ya ungido de un nombre de leyenda, y ahí descargó todo su accionar salvaje. Al motor de violencia que lo traccionaba no le alcanzó el combustible de la guerra entre guajiros. Sánchez era un demonio arrogante y enfermo que necesitaba matar por placer. No le temblaba el pulso para dispararle a quemarropa a cualquiera que se cruzara en su camino y que de algún modo lo molestara. Mató a meseros porque no lo atendían bien, a estudiantes que no se calmaban en su relajo, a comerciantes que querían restringirle el ingreso a un local, a competidores de gallera o billar. Apostaba con sus secuaces por el de mejor puntería, mientras se ocultaba en un reparo de la carretera y disparaba al azar, con su revólver de cacha dorada, a los sucesivos transeúntes y conductores.
La sola mención de su apodo provocaba escalofríos y paranoia, tanto a sus posibles enemigos como al barranquillero común.
Tenía varias amantes entre las tres principales ciudades de nuestro caribe, algunas viudas de sus víctimas. Los autores de las canciones vallenatas se vieron obligados a cumplir su expreso anhelo de trascendencia y saludarlo en sus letras, para ganar su protección o su misericordia. Basta escuchar, a modo de ejemplo, la canción “Qué mujer” de los Hermanos Zuleta compuesta por Lenin Bueno Suárez.
Tim se ganó irremediablemente varios enemigos. Otros pistoleros de renombre que fallaban en la rapidez durante el duelo callejero. Y capos mafiosos cuyos familiares sucumbían por las balas de su pistola. Se salvó de numerosos atentados, como el caso sucedido durante una internación en una clínica de la ciudad, donde debió escapar de quienes venían a matarlo tomando como escudo a una monja. Sus escapes renovaban su leyenda de diablo inmortal.
Pero conocían su debilidad por las mujeres. Un reconocido clan dispuso a sus hombres en tareas de inteligencia y dieron con la dirección de una de las novias de Tim. Alquilaron una casa frente a la misma y se apostaron durante semanas en las ventanas para esperarlo. Una noche de octubre del año 77, lo vieron llegar por fin en su Ford Ranger. Debía ser un golpe rápido y certero. Sabían que bajaba siempre con el arma lista para devolver el fuego. Bastó con un solo disparo de francotirador para enviarlo gravemente herido de cara al suelo. Un jeep Renegade que esperaba su turno a cien metros acudió en retaguardia y siete hombres se bajaron para rematar al Tim vaciando sus pistolas hasta un total de 63 balazos. Luego, uno de los hombres se subió a la Ranger y le pasó las ruedas por encima varias veces. Nada era suficiente para asegurarse de la muerte de ese asesino sobrenatural.
Al Tim lo sobrevivió una generación de nuevos pistoleros y capos y una guerra larguísima, hasta que los clanes fueron acabando unos a otros, a la vista de los habitantes de nuestra ciudad y de todo el Caribe. Sus mansiones fueron vaciándose y acumularon maleza y escombros. Las poderosas camionetas dejaron de ronronear y fueron a dormir a oscuros garajes. Las interminables parrandas se silenciaron. Pensamos un día que nos habíamos librado de esa maldición indígena, que habíamos recuperado nuestra ciudad, nuestras calles. Una noche de abril del año 84, mientras mi familia se disponía a cenar frente al televisor, un alerta noticioso interrumpió nuestro programa preferido de concursos. Sicarios en moto habían acribillado a balazos al Ministro de Justicia de Colombia, dentro del mercedes que lo transportaba en Bogotá. Por primera vez conocimos la foto de prontuario del hombre sindicado del asesinato, un ex camarista del Congreso Nacional proveniente de las montañas al sur, lejos del Caribe, que presuntamente manejaba a nivel masivo el negocio de la próxima gran exportación colombiana. La coca. Respondía al novedoso nombre de Pablo Emilio Escobar Gaviria.
Antes de que volviera la sintonía a “Concéntrese” de Julio Sánchez Vanegas, mi padre suspiró con la cuchara de sopa de guandul en el aire.
−Ahora sí. Este país se jodió del todo.



