El prisionero más viejo del mundo fue Bill Wallace, un hombre que disparó a otro en una calle de Melbourne en 1925 y acabó encerrado durante décadas en instituciones para criminales considerados insanos. Su historia no solo habla de un homicidio, sino de un sistema que convirtió la enfermedad mental en condena perpetua y al paciente en prisionero.
Los pocos comensales del Waterloo Cafe de la King Street estaban terminando de almorzar. En un rincón sumido en vaya a saberse qué pensamientos, Bill Wallace, un taciturno cliente habitual, revolvía desde hacía tres minutos un café negrísimo que ya se había enfriado. Desde una mesa próxima le llegó el aroma pestilente del tabaco Turf que había encendido un joven electricista norteamericano llamado Ernest Napoleon Williams. Bill protestó airadamente y en voz alta. Ernest y su acompañante se burlaron de él y lo desafiaron abiertamente. – Si tanto le molesta, ahí tiene la puerta – le dijo Ernest entre risas. El hombre siguió meneando la cucharita en el brebaje que nunca bebió y los siguió con mirada rencorosa cuando abandonaron el comercio. Podía oír a los bravucones riendo en la calle y haciendo comentarios ofensivos sobre él. Cuando salió allí lo estaban esperando los dos del café más otro par de similar catadura que se les habían unido. Ernest le dedicó una sonrisa socarrona y lo apuntó con el índice, algo estaba por decir, pero no llegó a hacerlo. Bill desenfundó el Enfield Mark II calibre .476 que conservaba de sus épocas de trooper y, en menos tiempo que se cuenta, alzó la mira hasta quedar alineada con el corazón del adversario que ya había dejado de sonreír, y le disparó. Ernest no llegó a oír la detonación, cayó muerto al instante. Fue el 9 de diciembre de 1925, un día apacible, con unas pocas nubes circulando por el cielo australiano, en una de las calles sin ley del Melbourne de entonces.
John Stone, un sargento de la policía de Victoria fue el encargado de arrestar al homicida quien no ofreció resistencia alguna y entregó el arma sin chistar.
Una vez alojado en la prisión de su Majestad de Pentridge, luego de relatar minuciosamente las circunstancias del crimen dijo a los investigadores que estaba siendo víctima de unos conspiradores no identificados que tenían el siniestro plan de difamarlo y extorsionarlo. Requerido para que pruebe esas acusaciones, Bill se negó. Fue examinado por dos médicos de la cárcel quienes produjeron un informe de dos párrafos, uno de cada doctor en el que dictaminaban que el reo padecía de un caso incurable de paranoia. El dictamen bastó para que el caballero fuera a dar con sus huesos a la “Cárcel para Lunáticos” como se la llamaba antes de que su pintoresco nombre fuera cambiado por el de J. Ward – Prisión para Criminales Insanos, mucho más políticamente correcto.
A pesar del diagnóstico, Bill jamás recibió tratamiento alguno y languideció en la institución los siguientes treinta y siete años hasta ser transferido al Asilo Ararat, una edificación construída más de un siglo y medio atrás. No parecía muy descontento, vestía un traje que cada año confeccionaba para él un sastre de la ciudad y pasaba el tiempo jugando al ajedrez y fumando. Sufrió también algunos ocasionales arranques de ira que lo llevaron a herir a otros internos. En los prolongados tiempos muertos de la cárcel, recordaría su paso por la guerra donde aprendió dónde apuntar para matar; o su exitosa carrera de agricultor cerca de Dorrigo en las Mesetas del Norte, antes de que su vida diera un giro dramático y su mente comenzara a ver perseguidores en cada esquina, enemigos a cada paso, a sospechar que su propia familia conspiraba para asesinarlo.

La historia de Wallace es también la del Sistema de Salud Mental australiano. Su taciturno malhumor impidió que le prestaran cualquier tipo de atención o terapia que no fuera el encarcelamiento continuo al que fue sometido sin juicio, por dos párrafos escritos por médicos que eran parte de la burocracia carcelaria. Wallace no fue muy comunicativo durante su encarcelamiento. John Haig, un periodista que lo investigó, encontró en unos ignotos archivos administrativos del Hospital de Ararat, una cantidad de cartas que remitió al Inspector General de Salud Mental de Victoria, quejándose con minucioso detalle de algunas de las condiciones de su encarcelamiento. A nadie le suscitó el más mínimo interés, el predecible resultado de un régimen diseñado más para el castigo que para la terapia, más apropiado para la conveniencia del estado que para el bienestar de los enfermos.
Los muros azulados de J. Ward albergaban a aquellas personas percibidas como peligrosas o despreciables. Con mínimas posibilidades de ser liberadas estaban sometidas a la indiferencia de los carceleros. El Asilo Ararat fue el gran depósito de Victoria donde se relegaba a todos quienes el estado consideraba indeseables: desde niños con discapacidades o epilepsia, psicóticos de diferente pelaje o mujeres que sufrían depresión post-parto. Estas instituciones tenían sobre estos seres humanos una mirada ambivalente: por un lado aliviaban las preocupaciones y el miedo que les inspiraban y por otro, habilitaba la creación de muchos puestos de trabajo en condiciones muy ventajosas.
Cuando Bill Wallace cumplió cien años, la televisión y la prensa comenzaron a interesarse por su caso, este hecho movilizó a políticos y funcionarios quienes se apresuraron a ofrecerle la libertad. – ¿Es que ustedes son tontos? – respondió el prisionero – yo vivo aquí.
La historia de William deja un interrogante ¿es el castigo una finalidad para hacer del prisionero un paciente y del paciente un prisionero?
William Richard Wallace, el último sobreviviente de la Guerra de los Boers, murió en la cárcel el 17 de julio de 1989 tres semanas antes de cumplir 108 años.



