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    Músicos Criminales

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    A finales de la década del setenta, Little Richard dejó definitivamente el alcohol, las drogas y una vida disoluta gracias a, entre otras cosas, que Larry Williams le puso un arma en la cabeza y lo amenazó con disparar si no pagaba, en el acto, una deuda de drogas. Más tarde, Richard dijo que Williams lo quería muchísimo, pero que sin duda lo habría matado.

    Larry Williams, además de narcotraficante y proxeneta, fue cantante, pianista y compositor de rhythm and blues. A principios de su carrera, cuando terminaba la década de 1950, la discográfica intentó lanzarlo como reemplazante de Little Richard cuando éste anunció que abandonaba el rock and roll por la iglesia. Después, claro, Richard volvió y Williams nunca alcanzó su éxito. Sin embargo, tres de sus temas fueron versionados por los Beatles («Bad Boy», «Slow Down», «Dizzy Miss Lizzy») y dos por los Rolling Stones. Su tema más famoso es «Bony Moronie», con versiones célebres de John Lennon y conocido en español como «Popotitos».

    La música es el arte de combinar los sonidos, según alguna definición. Sus componentes son la melodía, la armonía y el ritmo, según otros. Es una de las máximas expresiones de la creatividad humana y tiene un valor inconmensurable en la construcción de una sociedad. A diferencia de otros oficios (como el de los policías, los políticos, los abogados o los curas, por ejemplo), a los músicos no se los asocia de manera directa con el crimen, con la única excepción del consumo de sustancias a veces prohibidas y de ciertas actitudes reñidas con las buenas costumbres o, directamente, la ley. Pero no todo delito es crimen. La mayoría de los músicos célebres por su conflicto con la ley son, en realidad, víctimas de una sociedad moralista, represora o racista. Las estancias en la cárcel o en manicomios de músicos de jazz (tan bien representadas en L. A. Confidential de James Ellroy); las persecuciones a miembros de los Beatles y los Rolling Stones por el infame Norman Pilcher del Scotland Yard, que arrestó a Mick Jagger, Keith Richard, Brian Jones, John Lennon y George Harrison, a veces hasta plantando evidencia en sus domicilios; la detención y encarcelamiento de Paul McCartney en Japón por posesión de marihuana son sólo algunos ejemplos no de músicos autores de crímenes, sino de una sociedad criminal.

    Sin embargo, al igual que Larry Williams, no son pocos los que, mientras deleitaban a sus oyentes con sus creaciones, cometían actos que sí podrían considerarse crímenes. Algunos, como Billy Preston (tecladista de, entre otros, los propios Beatles), dan un poco de ternura: en 2001 fue acusado de intentar estafar al seguro porque formaba parte de una banda que montaba choques, robos e incendios de coches para dar partes falsos. Otros, como Jim Gordon, Tariq Shah, Gary Glitter o los cultores de la vertiente noruega del black metal no son tan graciosos.

    Jim Gordon fue un célebre baterista de sesión que tocó con los Everly Brothers, Nancy Sinatra, John Lennon y, quizá su papel más famoso, en Derek & The Dominos, banda con la que obtuvo un Grammy. Cuando se lo dieron, sin embargo, llevaba diez años preso por el asesinato de su propia madre, supuestamente aquejado por una esquizofrenia que lo hacía ver a su madre como una torturadora que lo atormentaba y le aconsejaba no comer, no dormir y no tocar la batería.

    Tariq Shah, contrabajista de, entre otras luminarias del jazz, Betty Carter, Ahmad Jamal y Abbey Lincoln, es, además de compositor y educador, experto en artes marciales. En mayo de 2005 fue arrestado y condenado a quince años de cárcel por actividad terrorista. Según la acusación, Shah enseñaba artes marciales a jóvenes yihadistas (en especial lucha con arma blanca) y juró lealtad a Al Qaeda. Más tarde, el propio Shah declaró que todo era una trampa del FBI, instigada por informantes pagos y su caso, que sigue generando controversia el día de hoy, fue recogido por el documental (T)error.

    Además de adorar a Satán, utilizar pintura de cadáveres como maquillaje y perpetrar un estilo de música y canto que para muchos, si no criminal, es un ataque frontal al buen gusto y la salud auditiva, los principales exponentes del black metal noruego tienen antecedentes criminales dignos de una película de terror.

    Para empezar, en 1991 Per «Dead» Ohlin, vocalista de la banda Mayhem, se suicidó cortándose las venas y, por las dudas, pegándose un escopetazo. Lo encontró Euronymous, guitarrista y cofundador de la banda. Antes de llamar a la policía, Euronymous fotografió el cadáver reorganizando algunos de los elementos de la escena (imagen que luego se utilizó en una portada) y, según rumores, se quedó con algunos huesos del cráneo, con los que se hizo un collar y regaló el sobrante a otros músicos.

    Un año más tarde, miembros de varias bandas de black metal iniciaron una campaña de incendios de iglesias, que eran de madera y algunas de las cuales tenían siglos de antigüedad y eran consideradas importantes hitos históricos. La idea les pareció interesante a algunos exponentes suecos del mismo género, que procedieron a quemar iglesias en su propio país. Sólo en Noruega, los músicos de black metal acabaron con cincuenta de esos templos.

    Además de ser uno de los principales acusados de esos incendios, Varg Vikernes, de la banda Burzum, fue encontrado culpable del robo y el almacenamiento de 150 kilos de explosivos.

    Vikernes, por otra parte, no se llevaba del todo bien con Euronymous. En agosto de 1993, fue a visitarlo acompañado de Ruch (de la banda Thorns) y, como consecuencia de un altercado, Euronymous acabó muerto, con dos puñaladas en la cabeza, cinco en el cuello y dieciséis en la espalda.

    Paul Francis Gadd, fue, conocido como Gary Glitter, uno de los principales ejemplos del glam rock inglés, con veinte millones de discos vendidos. En 1999 lo acusaron de posesión de pornografía infantil, más tarde de actividad sexual con menores de edad. Se instaló, primero en Camboya y luego en Vietnam y de ambos países fue expulsado por pedofilia, abuso sexual de menores, incluyendo intento de violación y relación sexual con una menor de trece años. Convertido en una figura de escarnio público, Glitter sigue en la cárcel.

    Como estos, son muchos los casos de músicos que han cometido actos criminales. Quizá porque el crimen, más que la música, es la actividad más común a toda la especie humana.

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