Una copa, una herencia, una sopa y una sospecha imposible de borrar. Cristina Manresa firma una historia de crimen por envenenamiento marcada por la ambición y la impunidad.
Irina fue una niña preciosa. Sus largas trenzas doradas, sus ojos agua marina, casi transparentes, enormes, aunque poco expresivos y su piel blanquísima, le daban una apariencia como de muñeca de porcelana que deslumbraba a todos. Pasaba los veranos con su abuela Ivanova en los bosques cercanos a Kursk.
Cada mañana, antes del desayuno, Ivanova le cepillaba el pelo y le hacía las trenzas que remataba en un moño. Su infancia fue la de una niña silenciosa y muy observadora, introvertida, que se relacionaba más con adultos que con niños de su edad quienes le resultaban poco interesantes. En cambio le encantaban las historias sobre la guerra que su abuela y las vecinas del pueblo contaban una y otra vez. Recreaban las imágenes grabadas en la memoria colectiva: la muerte de los suyos, pero sobre todo de los alemanes, los enemigos del pueblo, la sangre y los cadáveres, a quienes dejaban sin enterrar, tirados en las montañas, para que se pudrieran si las ratas no se daban cuenta antes de ellos. Así entendían la venganza por la muerte de maridos, hijos, hermanos, amigos y vecinos. La muerte siempre era el tema de fondo de aquellas historias que se repetían una y otra vez, cada vez con mayor y más cruel detalle.
Entre agosto y septiembre, Irina, su abuela y muchos vecinos iban al Chermozen, las Tierras Negras, a recoger setas. Ivanova le enseñó a distinguir las comestibles de las venenosas. En particular la oronja que puede matar a un hombre adulto en una semana. A Irina le fascinaba que esa seta de forma fálica, con su sombrero verde oliva y su perfume a pétalos de rosa, tan bonita, tan delicada, tan inocente, fuese tan mortífera.
Al ritmo de las estaciones, Irina se convirtió en una adolescente de piernas largas y de una belleza clásica que no dejaba indiferente a nadie. Los hombres giraban la cabeza a su paso, a ella le gustaba y soñaba con volar, como las aves que veía en el escudo del edificio de la calle Krasnaya, cerca de la escuela donde estudió. Volar lejos de allí, volar hacia su futuro, hacia otra vida nueva, aquella ya estaba gastada.
El pasado a veces vuelve. Se lo había oído decir a su abuela en más de una ocasión. Su abuelo, que pensó había muerto, apareció un día, mucho tiempo después de la guerra. Para Irina su futuro llegó del pasado. Aquella Navidad un tipo apareció en el local donde Irina trabajaba, pidió un vodka y se sentó. Su penetrante mirada no dejaba de seguirla mientras ella servía las mesas. ¿Quién sería ese joven alto, fuerte y atractivo? Entonces vio llegar a Vladimir. Entró, buscó al forastero con la mirada y, enarbolando una sonrisa, se acercó a él y se abrazaron. Entonces cayó en la cuenta de que el desconocido no era otro que Dimitri, el antiguo compañero de escuela aquel que siempre había evitado, un niño molesto que le tiraba de las trenzas y la hacía enfurecer. Se había marchado después de terminar sus estudios y no lo había vuelto a ver. En un momento que Vladimir se alejó a saludar a otros amigos, Irina se acercó.
– ¡No te he reconocido, has cambiado!
– Tu también Irina, me alegro de verte.
Durante esas fiestas navideñas coincidieron en varias ocasiones. Cuando Dimitri iba al bar, seguía a Irina con la mirada mientras tomaba ese vodka que se llamaba Kursk, como el pueblo, que tanto le gustaba. Irina escuchaba las conversaciones de Dimitri con sus amigos y lo que contaba sobre su nueva vida, las anécdotas de su trabajo como segurata de una discoteca en Lloret de Mar, el pueblo de España donde ahora vivía, su vida nocturna, su ambiente festivo. En boca de Dimitri, todo era diversión, hasta el trabajo. El sol, la playa y el buen clima habían atraído a muchos rusos que, como él, se instalaron en la Costa Brava. Un nombre que, por sí sólo, la invitaba a soñar con una vida llena de experiencias nuevas y divertidas, con gente alegre, decididamente una vida mejor que la que podía tener en la helada Kursk.
– Allí se está bien, Irina. Si algún día te decides, me llamas y te vienes a vivir conmigo. Te gustará. Te buscaré un trabajo mucho mejor que el que tienes aquí.
La dureza de aquel invierno estimuló las fantasías de Irina que, como ella, no dejaban de crecer. Se veía tumbada sobre la arena sintiendo el calor en su piel, el olor a mar, la brisa del Mediterráneo. Cada vez se comunicaba con Dimitri más a menudo. Cuando llegó el verano, Irina ya no pudo ni quiso resistir la llamada de la buena vida. Quiso volar, no el vuelo mezquino de las perdices del escudo de su ciudad, sino el vuelo majestuoso de las las aves migratorias que van adonde calienta el sol, hacia un futuro que prometía fortuna y diversión.
Llegó una mañana soleada, corrió hacia el mar, se bañó, tomó el sol y se sintió viva, como nunca antes. Había encontrado su lugar en el mundo. Dimitri la colocó de camarera en una de las discotecas en las que trabajaba. Disfrutaba del ambiente y de su vida con Dimitri y otros rusos con quienes compartía casa, y en ocasiones cama. Gastaba todo su dinero en vestidos caros con los que se lucía en las fiestas a las que era invitada y a las que no, su belleza siempre le franqueba la entrada. Estaba atenta a los eventos empresariales donde, sabía, se reunía gente de dinero. La ocasión fue la fiesta mayor de Falset, cuando los niños perfuman las calles con ramitas de espígol. No estaba cerca, pero su intuición le dijo que el viaje de más de dos horas, valdría la pena. Sin mayor dificultad, con promesas que nunca pensó cumplir, consiguió que Boris, un pretendiente, la llevara en su coche. Se darían allí los premios a los mejores vinos de las dos denominaciones de origen de la comarca: la DO Priorat, y la DO Montsant. El ganador del primero fue “Gotas de Sol” y el orgulloso productor fue el magnate Oriol Miró quien nunca imaginó el otro “premio” que le caería. A la hora de los brindis, la rusa cimbreante se acercó a felicitarlo con dos copas del cava del propio Oriol, una para él, otra para ella.
Oriol había pasado recientemente los cincuenta. Esa edad cuando la vejez aún no se ha declarado pero ya deja marcas evidentes. Un tipo simpático y emprendedor que, desde que su primera mujer lo abandonó, se consagró a su empresa que prosperó rápidamente gracias a su estricto control de la calidad. No era el más guapo de la fiesta, pero sí el más rico. Irina no se despegó de él en toda la noche y Oriol disfrutó sin disimulo de su atención. Lo encantó esta mujer que lo escuchaba con sus grandes ojos del color del mar, muy abiertos. Los únicos tonos disonantes de la velada fueron la súbita y airada salida de Montse, antigua novia de Oriol, que él, absorbido por la rusa, no notó; y la espera en vano de Boris que ella, ocupada con su millonario, no tomó en cuenta.
Cuando terminó la fiesta, continuaban conversando, ninguno de los dos parecía querer separarse, ni interrumpir las miradas encendidas. Oriol no detectaba nada ni a nadie a su alrededor, estaba inmerso en una burbuja que sólo los contenía a ellos dos, o tal vez fuera una tela de araña. Marcharon los invitados, los familiares y los amigos. Ellos continuaron conversando, mirándose en los más profundo de los ojos. Sus cuerpos clamaban pasar a la acción, pedían más, querían tocarse, olerse, besarse. Se dejaron llevar, Oriol deseaba el cuerpo de esa mujer, se sentía feliz, ilusionado, rejuvenecido, a ella la excitaba la ropa lujosa de él, su reloj de oro, sus zapatos italianos, y también, por qué no, su deseo. Se propuso que Oriol jamás olvidaría esa noche, y cumplió, Oriol no la olvidaría. El magnate de los vinos y el cava pasaría el resto de sus días y de sus noches esperando que se repitiera. Despertaron al alba y Oriol le mostró a Irina el amanecer entre las viñas, un espectáculo único que la llenó de alegría, sobre todo al calcular la cantidad de botellas que rendirían aquellas uvas que maduraban lentamente bajo el sol. Oriol la necesitaba, llevaba mucho tiempo solo. A él lo habían trastocado las habilidades de la rusa y a ella la posibilidad de dejar atrás el frío y la pobreza. Si él le hubiera gustado la mitad de lo que ella le gustaba, habría sido el paraíso, pero, suspiraba, no se puede tener todo en la vida… ¿o sí?.
Oriol le mostró a Irina las bodegas, los viñedos, la luz de aquel lugar mágico donde había nacido, crecido y trabajado. Le transmitió la pasión que sentía por esas tierras, el mar de viñas, la luz, el olor y el sabor dulce de las uvas. Aquel lugar único e irrepetible no le pareció extraño, se sintió como en casa, le pareció el sitio perfecto para sus sueños.
A todos sorprendió la decisión del empresario de casarse de inmediato con Irina, “el amor no tiene paciencia” decía. Un amor adolescente lo había atrapado sin preverlo y lo estaba viviendo con nervios, sin apenas poder dormir ni comer, sonriendo todo el día sin motivo y hablando con todo el mundo. Mientras hacían los preparativos para la boda, planeaba el futuro, los viajes, la vida que llevarían, los hijos. Ella escuchaba y asentía con la cabeza, pensativa y algo distante. Es rusa, pensaba Oriol, mi entusiasmo alcanzará para los dos.
Los amigos de Oriol le aconsejaron que no se precipitara, que fuera despacio para que le diera tiempo a conocerla mejor. Que no se dejara engañar por una mujer joven y guapa. Pero Oriol no escuchaba consejos, la envidia es muy mala, decía. Tampoco quería que su hermano Pep, a quien nunca le gustó “la rusa”, le dijera cómo debía vivir su amor.
Svetlana, la madre de Irina, llegó con una maleta de cartón, para colaborar con los preparativos. La abuela decidió no acudir porque se sentía mayor para viajar. El sueño de Irina se estaba haciendo realidad y se reflejaba en su cara, radiante y feliz. Pep, el hermano, no asistió a la iglesia, pero observó los movimientos en el atrio desde una distancia prudente. Santiago y Juan, los dos empleados de confianza, lideraron el grupo de los más jóvenes que aplaudieron, comieron, brindaron y bailaron en una fiesta que parecía no iba a acabar nunca. Oriol se sintió rey esa noche y no advirtió la presencia de Dimitri, simulado entre los invitados.
Los meses transcurrieron veloces. La vida cotidiana no tardó mucho en convertirse en rutina. Con el argumento de que Oriol roncaba durante el sueño, Irina hizo que durmiera en la habitación de huéspedes. Una noche le permitió una visita y al día siguiente Irina contempló extasiada su nombre inscrito en el plástico negro de una tarjeta de crédito VIP. Armada con ella, Irina fue el terror de las tiendas de moda, no había fiesta o reunión en la que no estrenara ropa de lujo. Además de gastar dinero, Irina se interesó en los negocios de su marido, en esto está mi futuro, le dijo. Oriol no entendió bien qué había querido decir con ello. Se inscribió en una escuela de negocios a estudiar marketing. A Oriol no le gustó, decía que el marketing era el arte de engañar al consumidor, pero lo consintió. Sabía que no era conveniente despertar la ira de su mujer contradiciendo sus caprichos. La formación le sirvió para conocer gente nueva, otros empresarios de diferentes sectores que querían ampliar su negocio o que este funcionara mejor. Desde el flamante despacho que Oriol le montó en la bodega, Irina se limitó a controlar las finanzas, todo lo que entraba o salía de la empresa, siempre curioseando y preguntando a los empleados cuestiones relativas al negocio. Se hicieron cada vez más frecuentes las discusiones por los gastos superfluos de Irina y el reclamo de Oriol por los hijos que deseaba tener. Este tema la iluminó, el deseo de su marido por tener hijos sería su carta de triunfo. Irina le dijo con toda claridad que no pensaba tener hijos con un hombre que no le daba ninguna seguridad.
– Si a ti te sucediera algo, yo me quedaría en la calle con esos niños que tanto quieres.
– De ninguna manera – replicó Oriol – mi familia se ocuparía de vosotros.
– No me hagas reír, si tu hermano ni siquiera vino a la boda. Sabes muy bien que me detesta, y él, no yo, es tu heredero.
El argumento desarmó a Oriol, pero mucho más lo desarmaron los mohines que prometían una noche de placer para la fabricación de los críos. La tarde siguiente, un Oriol feliz y contento, cambió el testamento a pesar del consejo de su notario. Oriol no lo supo en ese momento, pero ella ya no regresaría a la cama matrimonial.
Sin nada más que conseguir, Irina se aburría, echaba de menos las fiestas de Lloret con sus amigos rusos, las juergas en las que todos terminaban “durmiendo juntos”, borrachos y felices. Oriol no toleraba los caprichos de su mujer, cada vez se sentía más solo, en los viajes, en el negocio, en el amor. Se sinceraba con Montse, su amiga, le contaba que su matrimonio no funcionaba, que Irina había cambiado y que la relación se había enfriado. Montse que continuaba enamorada de Oriol, lo consolaba y apoyaba en todo. Poco a poco volvieron a intimar. Irina, para no ser menos, se lió con Fernando, un compañero de estudios y empresario del mismo sector que había estado muy pendiente de ella durante todo el curso. El romance duró poco, ella quería más, para él había sido sólo algo pasajero.
Fue en otoño que Irina recibió la noticia de que Ivanova había muerto, su abuela amada había fallecido en la casa de su infancia y la esperaban para enterrarla en cuanto ella llegara. Cogió el primer vuelo a Moscú y allí, el primero a Kursk. Volvió a encontarse con las pocas vecinas de su pueblo natal y rememoró las historias que contaban, las excursiones por la montaña en esa misma época del año, cuando recogían las setas que después su abuela cocinaba, el aroma a comida casera, las tardes compartidas y lloró, derramó ese mar intenso que tenía guardado en sus ojos por todos los recuerdos de la infancia y por su nueva vida lejos de allí, la vida que siempre había soñado, con dinero, lujosa pero vacía.
Estando en Kursk, recibió la noticia de que Oriol se quería divorciar, que la esperaba a la vuelta para firmar los papeles de la separación. Esperó que ella estuviera lejos para armarlo todo y servírselo en bandeja a su regreso. Irina no lo esperaba y no podía dejar de pensar en todo lo que iba a perder, le aterraba pensar que hubiera cambiado el testamento. Regresó dispuesta a solucionar la situación, pero se encontró con un Oriol convencido de no querer continuar con la relación, le confesó que se estaba viendo con Montse y que su vida futura sería con ella. Durante su ausencia había visitado a la abogada de la familia para iniciar los trámites de divorcio. Irina estaba asombrada aunque no lo demostrara, intentaba ser comprensiva, no discutir, le decía a Oriol que entendía lo que estaba pasando, le pidió tiempo para recuperar el amor, intentando convencerlo de que sólo estaban atravesando una crisis, de que las cosas se podían arreglar y de que todo volvería a ser como al principio, cuando se conocieron. Pero él no cedió, lo tenía claro y quería romper con Irina. Sin embargo le concedió un tiempo para arreglar las cuestiones de la separación y le aseguró que le daría suficiente dinero para que se comprase un piso y pudiera vivir un año sin necesidades.
A Irina la propuesta le pareció una burla pero aceptó. Hizo una transformación prodigiosa. No intentaba seducirlo, pero lo trataba con toda dulzura, le preparaba el desayuno, se ocupa de que tubiera ropa limpia. Lo atendía como a un rey y no reclamaba nada. Él pasaba el día en el trabajo, a veces cenaba afuera, pero la mayor parte del tiempo lo hacía en casa. Una noche, Irina le sirvió una sopa exquisita, la vieja receta tradicional que su abuela sólo le había revelado a ella.
Oriol amaneció con dolores de estómago, pero se fue a trabajar, hasta que a media mañana los dolores persistían y entonces acudió al centro médico del pueblo. La doctora le preguntó si había comido algo que pudiera haberle sentado mal. Después de revisarlo diagnosticó gastroenteritis y recomendó una dieta suave y que ingiriera líquidos.
Pasaron los días y los dolores no remitian, le costaba dormir. Siguiendo el consejo de la doctora, prácticamente sólo ingería los caldos que le preparaba Irina para que no se deshidratara con tanto vómito y diarrea. A Oriol, ni le gustaban esas sopas ni le sentaban bien, pero estaba muy débil para discutir. Empeoraba día a día y no podía ir a trabajar.
Pasados cinco días de dolores cada vez más intensos decidió ir al hospital comarcal. El médico de guardia lo ingresó para hacerle algunas pruebas. En la primera analítica el resultado no pudo ser más claro: el paciente presentaba “una concentración tóxica extremadamente elevada por ingesta de amanita phalloide”. Oriol negaba haber consumido setas de ninguna clase, no le gustaban y aunque era época de recolecta y en muchos restaurantes preparaban platos típicos, él siempre evitaba tomar cualquier guiso cocinado con setas.
El equipo médico ordenó su traslado urgente al Hospital de Bellvitge de Barcelona, lo llevaron en helicóptero por que temían que no llegara a tiempo para un trasplante de hígado. Oriol llegó en muy mal estado, a la espera de ese trasplante que era lo único que le podía salvar la vida.
Los días que Oriol pasó en el hospital fueron horrorosos, los dolores y la agonía no remitían. Irina no se separaba de su lado en ningún momento y todas las visitas de familiares y amigos se realizaban en presencia de la rusa, no dejaba a Pep ni un solo momento a solas con su hermano alegando que la necesitaba, su bella mujer había vuelto a convertirse en la esposa paciente y cuidadora.
Oriol murió un lunes por la mañana después de haber pasado una noche horrible, con dolores que ni los medicamentos le calmaron sus últimas horas de vida. Irina no se movió de su lado. El informe médico dijo que había sido un “fallo hepático”, tenía el hígado destrozado y el trasplante nunca llegó. Nada pudieron hacer para salvarle la vida, el final fue inevitable. Una pena, nadie, ni los médicos se explicaban cómo había podido suceder, y la familia y amigos se negaban a creer que había sido un accidente fatídico como repetía Irina.
Todo el pueblo acudió al entierro de Oriol, fue un día muy triste porque era un hombre bueno. Todos estaban desconsolados y sorprendidos por la rapidez de los acontecimientos.
Los rumores se expandieron rápidamente y se comentaba que Irina había envenenado a Oriol. Pep tenía la convicción de que no había sido un accidente y estaba decidido a contarselo a la policia para poder llegar hasta el final y evitar que la rusa se quedara con todo el patrimonio de la familia.
Denunció a su cuñada a los Mossos d’Esquadra, les explicó toda la historia, desde el principio y citó a amigos y testigos que podían testificar sobre la situación de Oriol e Irina. Las declaraciones coincidían, Irina era una mujer caprichosa, despilfarradora, que la relación entre ellos era muy tensa, que Oriol se había cansado de ella y que le había planteado el divorcio para empezar una nueva vida amorosa junto a Montse. Esos testigos fueron determinantes para detener a Irina como presunta autora del envenenamiento de Oriol. Declaró una mañana de principios de invierno, el cielo estaba gris, el día era triste hacía frío, humedad, pero ella no sentía nada.
Contó a la policia que volvió de Rusia para arreglar la situación con su esposo, reconoció que habían atravesado una crisis pero que ya la estaban solucionando. Explicó lo triste que estaba y lo mal que se sentía porque ella quería a Oriol y no se quería separar.
No lloró cuando declaró y jamás confesó nada. Mantuvo siempre la misma versión: Oriol comió una seta venenosa por accidente. Lo repitió una y otra vez en las distintas entrevistas que mantuvo con la policía y denunció a algunos vecinos y a Pep porqué la estaban acusando injustamente y se sentia amenazada.
La investigación de la policía fue larga y costosa, largos meses escuchando las conversaciones telefónicas, interceptando su correo, vigilándola y siguiéndola. Irina nunca tuvo un traspié, nunca una palabra inoportuna o comprometedora, llevaba una vida ejemplar y se puso al frente del negocio con una pericia que nadie hubiera sospechado. Eso sí, continuaba comprando ropa cara y gastando mucho dinero en caprichos. Una mañana del mes de diciembre la llamó su abogado para darle la noticia que había estado esperando, la jueza Feliu había archivado su caso.
Eran las doce del mediodía, sentada en el sofá de piel con los pies descalzos, escuchó la noticia y suspiró. Todo había terminado. Se calzó y bajó a la pequeña bodega que Oriol construyó en su casa para almacenar sus mejores vinos y sus cavas más selectos. Eligió la botella más cara del Gotas de Sol, aquella que su marido tenía reservada para la ocasión más importante de su vida. La descorchó, sirvió el líquido en una copa flauta, miró las burbujas doradas ascender juguetonas para estallar en la superficie, la alzó hacia el retrato al óleo de Oriol que presidía la estancia, y brindó a su salud.







